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El embrutecimiento del debate público

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Por Miguel Díaz Román

Lo menos que quisiera es figurar como defensor de los postulados anacrónicos de Proyecto Dignidad y su prole de fundamentalistas religiosos. Pero el reciente entuerto que causó su presidente, el doctor César Vázquez, merecen una observación, pues en medio de la avalancha de críticas y objeciones que cayó sobre él, emergieron unas disparatadas conclusiones esgrimidas por determinados analistas políticos y abogados, las cuales dibujan de manera nítida la paradoja que ahoga el debate público en Puerto Rico.

El doctor Vázquez cuestionó si el sonado embarazo de la Comisionada Residente, Jennifer González, es un hecho cierto o si la preñez en realidad se hallaba en un vientre de alquiler y todo el feliz drama era una fabricación publicitaria.

Tras ese legítimo cuestionamiento planteado por el doctor Vázquez, se abrió el telón para que entrara a escena la corrección política, esa suerte de hipocresía no escrita que pregona los pautas de comportamiento que debe regir a los políticos en la escena pública y ante los medios de comunicación y a la que se adhieren los grupos de presión, quienes aprovechan el más diminuto resquicio para colar su visión de mundo, sus valores, sus consignas tal como si fueran verdades categóricas, incuestionables, absolutas.

Por lo general, la entrada a escena de la corrección política representa un desafío intelectual con ribetes morales que, para los políticos diestros con facultades reales para el liderato político, puede resultar en una oportunidad única para brillar en el debate y desmitificar las columnas de humo que sostienen algunos edificios ideológicos y ciertas catedrales morales.

Para figuras de zapata endeble la intromisión de la corrección política puede representar su asesinato público y ese fue, precisamente, el caso del doctor Vázquez, quien tras ocurrido el entuerto se convirtió en el último cadáver insepulto de la política puertorriqueña que, como tantos otros, transitan sus estertores finales reapareciendo en programas de televisión y de radio hasta que se disipan sin dejar rastro, como le ocurre al vapor de agua.

Sucumbió el pobre doctor Vázquez al embate inclemente de la corrección política y pocas horas después de haber planteado cuestionamientos legítimos sobre el embarazo de la Comisionada Residente, se disculpó igual que los habría hecho un adolescente imprudente a quien sus padres azuzan con un cinturón.

El cuestionamiento del doctor Vázquez también provocó que desde la garita de la estación radial WKAQ 580, los abogados y analistas políticos Luis Pabón Roca y Carlos Díaz Olivo despotricaran contra el presidente de Proyecto Dignidad, argumentando la improcedencia de sus preguntas.  

El licenciado Díaz Olivo marcó fronteras entre los asuntos públicos y la vida privada de los políticos. Catalogó en la cúspide de lo importante todo aquello relativo al territorio político, a las visiones particulares del político sobre el derrotero del gobierno, el uso de los fondos públicos y las estrategias para enfrentar los problemas.

Díaz Olivo, quien en ocasiones adquiere el tono y calibre de un juez de la Inquisición que impone a sangre y fuego la ortodoxia, designó como superfluo e irrelevante los asuntos de la vida privada de los políticos.

El abogado y profesor universitario sentó cátedra sobre cómo utilizar el recurso indagatorio de preguntar, y como buen juez de las Inquisición Matutina que desde “WKAQ Analiza” los abogados imparten, deslindó los territorios de las preguntas adecuadas y las imprudentes. En síntesis, el licenciado Díaz Olivo concluyó, muy a la francesa, que en la culta civilidad contemporánea no cabe preguntar sobre la vida privada de los políticos.

Se equivoca el destacado abogado y profesor. En el debate público y por extensión, en la gestión que realicen los políticos, los portavoces de determinadas organizaciones o intereses y, por supuesto, la prensa, es legítimo indagar en la vida privada de las figuras políticas. 

No se trata de hacer una novelilla amarilla sobre detalles íntimos de los políticos, sino de evitar el error de descartar determinados ángulos porque habitan en la sombra privada y que, luego, podrían repercutir en el ámbito público o en la gestión del gobierno.

En el caso particular de la Comisionada Residente es inevitable advertir que tras el anuncio de su embarazo surgió de manera espontánea en el país la interrogante sobre si ella encara algún peligro de salud por ser una mujer obesa de más de 47 años.

En varias instancias fui sorprendido con la expresión “embarazo de alto riesgo”, cuando afloraba el embarazo de la Comisionada Residente como tema de sobre mesa.

Desde la población femenina también hubo cuestionamientos legítimos sobre si la Comisionada Residente estaba en realidad embarazada o, si debido a su obesidad y edad, había alquilado un vientre.

El alquiler de vientres no es un mecanismo extraño en Puerto Rico para lograr la maternidad, aunque es usado con poca frecuencia y solo por parejas que tienen los recursos económicos para enfrentar su costo.

De manera que el doctor Vázquez repitió interrogantes que ya albergaban determinados sectores del país. Y es que la salud de las figuras públicas, sean políticos, artistas o deportistas, siempre será un asunto de relevancia.

Ahora bien, si el doctor Vázquez levantó el cuestionamiento inspirado en el credo de la politiquería de las cunetas, por el resorte de algún prejuicio o amparado en un cálculo electorero, eso solo lo sabrá él.  

Mi planteamiento fundamental es que el doctor levantó una interrogante legítima y por la que jamás debió pedir disculpas.

El doctor Vázquez no propuso que la Comisionada Residente fuera el blanco de preguntas capciosas, insultantes o que de alguna manera insinuaran que la funcionaria o su marido pudo incurrir en un comportamiento indecoroso o detestable.

Siempre será importante conocer si la aspiración de una figura política a la gobernación no se verá afectada por el estado de su salud.

En el caso particular de la Comisionada Residente es aún más importante porque se trata de una mujer obesa de 47 años que está embarazada de gemelos y quien pretende disputar la candidatura a la gobernación por el Partido Nuevo Progresista en unas primarias contra el gobernador incumbente.

En este momento se desconoce si la salud de la Comisionada enfrenta retos que eventualmente podrían complicar su embarazo, su participación en las primarias o su propia vida.

Ella no ha revelado información sobre su estado de salud y creo que la prensa no ha indagado sobre ese aspecto tan importante.

Para fortalecer su campaña primarista la Comisionada Residente se apresta a recabar el apoyo económico de los ciudadanos, lo que implica que muchas personas realizarán aportaciones confiadas en que la candidata se encuentra en buenas condiciones de salud para afrontar los desafíos y los esfuerzos físicos que conllevan una campaña política.

Ciertamente, las aportaciones económicas a la campaña de la Comisionada Residente experimentarían un estancamiento si surgiera públicamente información oficial sobre que la candidata no se encuentra bien de salud y su embarazo podría enfrentar complicaciones.

Por lo tanto, aunque el estado de salud de la candidata es un asunto privado, sus implicaciones en el ámbito público lo convierten en un asunto expuesto al escrutinio de la prensa y de los diversos participantes en el debate público.

Otro aspecto importante es que numerosos empleados públicos han perdido sus empleos o sus nombramientos como empleados de confianza, por favorecer la candidatura de la Comisionada Residente.

Estas personas esperan ansiosamente que sean reivindicadas si la candidata tiene éxito en sus aspiraciones políticas y muchos de ellos continúan ayudándola en la campaña.

Lo anterior demuestra de manera diáfana los efectos que pueden causar en la ciudadanía apoyar las aspiraciones de determinados líderes políticos y las posibles implicaciones adversas que suelen tener las campañas políticas en Puerto Rico, en las que siempre los perdedores, si son empleados públicos, deben aceptar de manera estoica por cuatro años todo tipo de humillaciones y vejámenes. Así de edificante es nuestra cultura política.

Se equivoca estrepitosamente el señor Díaz Olivo y todo aquel que piense como él, sobre que el embarazo de la Comisionada Residente es un asunto de su vida privada que no tiene tangencia alguna con sus actuaciones como funcionaria del gobierno o como candidata en primarias.

De hecho, la reacción pública de la Comisionada Residente tras conocer la interrogante del doctor Vázquez, en la que argumentó que se sentía indignada y atacada, fue en realidad un exabrupto injustificado.

Incluso, Jenniffer González llegó al extremo de describir el cuestionamiento del doctor Vázquez como un ataque a la mujer puertorriqueña. ¿Cómo puede la Comisionada Residente alcanzar semejante conclusión?

¿Por qué los periodistas que la abordaron no exigieron una explicación sobre esa absurda asociación?

Jamás entendí por qué la Comisionada Residente se tornó iracunda y por qué los periodistas que la entrevistaron no cuestionaron las razones de su molestia.

¿Por qué no se cuestionó el giro melodramático que dio la funcionaria a la situación, que tenía más de ficticio enfado que de tribulación real?

¿No habría sido necesario indagar, ante la nimiedad del evento protagonizado por el doctor Vázquez, en los límites de tolerancia de una funcionaria que aspira a gobernar el país?

¿Sucumbió la prensa a la bufonada armada por Comisionada Residente con el fin de figurar como víctima?

¿Sucumbieron los periodistas de los diversos programas y medios de comunicación a la bufonada armada por la Comisionada Residente para mantener o ganar respaldo de sus audiencias?

¿Perdió la prensa la capacidad de hacer preguntas incómodas y necesarias?

¿Han olvidado o nunca han tenido los periodistas la capacidad de ganar distancia y contemplar el escenario político con suspicacia e incredulidad?

¿Actúan motivados por la connivencia determinados periodistas y analistas?

¿Coopera la prensa y los analistas con los espectáculos que suelen articular los políticos para adelantar sus objetivos mediáticos y proselitistas?

Estas interrogantes nos pueden ayudar a entender qué en realidad ocurrió tras las legítimas preguntas del doctor Vázquez.

Si a la Comisionada Residente le hubiese interesado desarmar las intenciones inarticuladas del doctor Vázquez simplemente con presentar la prueba de embarazo habría bastado.

Fue tan evidente que ese debió ser el proceder de la Comisionada Residente que, horas después del incidente, ella publicó en su cuenta de Twitter un certificado médico que confirmó que se encontraba embarazada de gemelos y que el doctor Juan Carlos Castañer la atiende.

Lo que surge con claridad es que a la Comisionada Residente le interesó más explotar las posibilidades políticas de la controversia que desmentir las especulaciones sobre su embarazo.

Los que trabajamos en la prensa sabemos que las especulaciones suelen crecer ante la falta de información veraz. Aunque existe la llamada especulación informada, que es aquella que visualiza posibles escenarios según información corroborable, la especulación desinformada puede ser útil para determinados fines políticos.

En otras palabras, la estrategia mediática de tres puntos suspensivos que ha desplegado la campaña de la Comisionada Residente, en la que faltan las afirmaciones concluyentes con el fin de alimentar la expectación de la audiencia que sigue el drama político en la provincia, es la raíz del entuerto en que se vio involucrado el doctor Vázquez y de las disparatadas conclusiones que le siguieron.

Quizás en un intento de trascender nuestra cultura política, atestada de provincialismo y mediocridad, el profesor y analista Díaz Olivo se ha inclinado por admirar la legendaria vocación de los franceses y de su prensa de ignorar la vida privada de los políticos.

Quizás, en un ejercicio de buena fé (y por qué no de cursilería también), Díaz Olivo ha concluido, al igual que la prensa francesa, que lo privado no es un material político ni periodístico idóneo.

La nobleza de esa postura quedó en el ridículo con el arresto del depravado Dominique Strauss-Kahn en Nueva York en 2011, cuyo insaciable apetito sexual era ampliamente conocido por la prensa francesa, pero jamás figuró en sus periódicos reseña alguna sobre los numerosos episodios en los que entonces inminente candidato a la presidencia de Francia por la izquierda, se dejó guiar por los impulsos de su pinga y no por la razón.

Se podrían presentar más ejemplos sobre lo absurdo que ha significado para los franceses aislar en un departamento de asuntos privados determinadas realidades de los políticos, pero ese no és el asunto de este escrito.

Para mi sorpresa, tras la arenga en contra de atender la vida privada de los políticos en el debate público, numerosos abogados que figuran en los medios de comunicación como analistas políticos (una de las epidemias que no ha dejado la modernidad) coincidieron abrumadoramente con Díaz Olivo.

Tal como si fueran ganado en la línea de ordeño, uno tras otro, a lo largo del día, se inscribió con nombre y apellido en la lista de endosos a la corrección política, condenaron al pobre doctor Vázquez y decretaron como espacio sacrosanto la vida privada de los políticos.

¿Cómo fue posible que todos esos cerebros no advirtieron la grieta que aflige la disparatada pretensión de limitar el escrutinio de la prensa y de los actores que participan en el debate público?

¿Cómo fue posible que ninguno de ellos advirtiera la importancia de hacer las preguntas incómodas, incluyendo aquellas que escudriñan la zona privada de los actores políticos?

¿Cómo fue posible que todas esas criaturas diplomadas y muy elocuentes en ocasiones, apoyaran el embrutecimiento del debate público?

A no ser que, ya embrutecido el debate, era predecible que entre estos abogados (y algunos profesores e historiadores también) no surgiera una voz disidente.

Una novedad, por cierto, muy preocupante porque la ausencia de voces disidentes acusa a un dominio cada vez más acuciante de la mediocridad.

Ya hemos presenciado el alcance de la mediocridad en el llamado periodismo de opinión, donde muchos periodistas sin las herramientas intelectuales para alumbrar en la oscuridad, para descubrir un ángulo insospechado que nos ayude a entender la realidad, ocupan páginas y páginas de puro aburrimiento y chatura.

De hecho, las páginas de opinión sobreviven gracias a las voces que habitan fuera de las mesas de redacción, muchas de las cuales provienen de la academia como es el caso del señor Díaz Olivo, quien es un buen polemista.

Quizás el tema de fondo de este escrito es la mediocridad dominante que embrutece el debate público.

 Y para no dejar de hablar de Francia, que falta hace en Puerto Rico la existencia de un dramaturgo que, al igual que lo hizo Moliere con los médicos en Francia, aproveche las fanfarronadas y prepotencias en la que incurren muchos analistas y abogados en su lectura de la realidad, para hacer una comedia que nos castigue a carcajadas.

Por último, creo que tanto el berrinche de Jenniffer González como el réspice radiofónico de Díaz Olivo y de Pabón Roca puede ser también el resultado de cómo los medios de comunicación influyen en los analistas y en los políticos, ante la realidad inescapable de que existe un auditorio que espera de cada uno de ellos una reacción frente a determinada controversia, la cual debe ser clara y contundente de se debe producir en segundos.

Es, qué duda cabe, el fenómeno que el estudioso de los medios de comunicación, Marshall McLuhan, describió en la enigmática frase “el medio es el mensaje”.

Porque el reto de fondo, en realidad, es que para realizar una reflexión verdaderamente profunda y honesta es necesario consumir mucho tiempo para desatar los amarres y los encadenamientos que albergan las controversias.

Y quizás, la urgencia de satisfacer el ímpetu alcista de las encuestas y no desalentar la expectativa de la audiencia por nuevas puestas en escena que los deslumbren, actúan como ingredientes silenciosos que alimentan el embrutecimiento del debate público.

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